EN BUSCA DE LA CONCIENCIA

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Location: Concepción, Chile

Nací en Talca (Chile) el 9 de enero de 1946. Soy ingeniero en electrónica titulado en la Universidad de Concepción (Chile) diplomado en Educación Técnica por la AGCD de Bélgica y en Telecomunicaciones por la Universidad de Santiago de Chile. Fui, durante 33 años y hasta que la enfermedad de Parkinson me obligó al retiro, profesor en la Sede Concepción de la Universidad Técnica Federico Santa María. Me he destacado en la práctica de la fotografía artística, actividad en la cual he sido reconocido con los Títulos Honoríficos de "Excelencia de la Federación Chilena de Fotografía" y de "Artista de la Federación Internacional del Arte Fotográfico". Recientemente he recibido, además, el título de "Excelencia por Servicios Prestados a la Fotografía" por parte de la Federación Chilena de Fotografía. Actualmente preparo libros con mis escritos y mis mejores fotografías. Visite mis blogs; www.fotosdeosvaldo.blogspot.com y lea mis escritos en www.historiasdeosvaldo.blogspot.com www.enbuscadelaconciencia.blogspot.com y en www.osvaldodechile.blogspot.com En mi sitio de Flickr encontrará más de 350 bellas e interesantes fotografías: www.flickr.com/photos/fotosdeosvaldo

Sunday, July 03, 2011

LA EVALUACIÓN DE IMÁGENES

LA EVALUACIÓN DE IMÁGENES


La evaluación de imágenes, pictóricas o fotográficas, es un proceso mental al que nos entregamos gustosos todos los amantes del arte y, en particular, todos los fotógrafos. Por lo general se trata de un acto que se realiza más o menos inconscientemente y en un brevísimo tiempo, lo cual puede dar la falsa impresión que detrás de él no existen fundamentos sólidos, basados en principios racionales, estéticos o emocionales, como aquellos que parecen propios de otras actividades intelectuales desarrolladas por el ser humano. El propósito de este artículo es el de precisar que tales fundamentos existen, para luego resumirlos y clarificarlos, de modo que ellos estén siempre presentes en el espíritu de todo fotógrafo, no sólo en la ocasión de evaluar obras propias o ajenas, sino que también, y muy especialmente, en el instante fotográfico, aquel mágico momento en el cual éste crea o captura aquellas imágenes con las cuales intenta registrar un acontecimiento de su vida, de la vida de los que ama, o bien dar curso a la inquietud artística que enriquece su existencia. Comencemos pues...

Los estudiosos de este tema han llegado a la conclusión que el proceso intelectual que determina la mayor o menor aceptación que un observador manifiesta por una imagen, está basado en el análisis, casi inconsciente y automático, de tres factores, altamente subjetivos, que se refieren a cualidades estéticas, informativas y emocionales, que él percibe o relaciona con ella.

Las cualidades estéticas están ligadas al grado de belleza que el observador advierte en la obra; el factor informativo, a la novedad descubierta en el tema o en su tratamiento, y el factor emocional, a los sentimientos que ella despierta y a las evocaciones que suscita. Examinemos cada uno por separado:


El factor estético

La Belleza es un concepto profundamente enraizado dentro del acerbo genético del ser humano; el placer que provoca su descubrimiento revela la magnitud de la necesidad que de ella se tiene y también el valor que se otorga a su captura y posesión. Por crearla, alcanzarla y poseerla se ha esforzado el hombre a lo largo de los siglos, y los fotógrafos no somos ajenos a ello; vivimos en un mundo complejo y cambiante, del cual procuramos extraer la elusiva y efímera belleza que la naturaleza nos oculta y ofrece, o bien buscamos construirla con la mente y luego con las manos, para aprisionarla en el tiempo. No me atreveré a intentar definirla en este momento, pues lo creería algo presuntuoso de mi parte; prefiero pensar que todos los fotógrafos, privilegiados entre los seres humanos por su capacidad de reconocerla, saben identificarla cuando la encuentran, quizá porque, como escribió E.C. en El Mercurio, “a todos nos hace latir más rápido el corazón”.

En todo caso, sí me atreveré a mencionar algunos factores que parecen determinarla:

* Una adecuada distribución, dentro del espacio concedido a la imagen, de las líneas y formas que la constituyen.
* Una elevada relación armónica entre las formas y los colores que la componen.
* Una gran simetría, mas no monótona, con simplicidad no exenta de complejidad pero reconocible, que permita identificar con precisión las formas y sus mutuas relaciones, que otorgan equilibrio al conjunto.
* Una distribución tal de las líneas, formas y colores, tal que su lectura haga danzar los ojos con un ritmo placentero.

Con frecuencia se asocia la Belleza con el orden y la armonía general del universo, con el Bien y hasta con el concepto de Dios - ¡así de importante es! - y es por ello que admiramos a quienes poseen el don de intuirla, de encontrarla, de producirla y de capturarla para nuestro deleite. ¡Todos quisiéramos tener el alma sintonizada con ella! ¡A todos nos atrae! Personalmente valoro muchísimo la belleza en una obra de arte, fotográfica o de cualquier otro tipo, pero sé que ello no basta para asegurar su éxito y atractivo; siempre es deseable que las imágenes incluyan el más alto contenido informativo y emotivo posible, de manera que, al gozo estético, se sumen otros factores que hagan más completo el deleite y la fascinación que ellas nos provocan.



El factor informacional

La información es otra “cosa” que el ser humano busca con ahínco, lo cual revela, al igual que sucede con la belleza, la enorme necesidad que de ella tiene; quizá hasta la belleza no sea sino que una forma ideal de presentar información a la mente del hombre. Pero, ¿qué es la información? Una vez más debo decir lo siento, pero tampoco me atrevo a intentar definirla, menos en pocas líneas. Como todas las cosas esenciales en este universo, resulta dificilísimo o imposible dar una definición simple de este trascendental concepto y por ello lo evitaré, limitándome a tratar de aclarar algunos de los factores de los cuales depende y sólo de forma circunscrita al tema que nos ocupa.

La información es algo que puede medirse y la cantidad contenida en una imagen está determinada por el grado de novedad que el observador descubre en ella, tanto en su contenido como en su presentación.

Por contenido, nos referimos al tema, y de su rareza depende el grado de novedad que nos ofrece la obra; por ejemplo, el grado de novedad es mayor cuando una imagen muestra lugares exóticos, lejanos o de difícil acceso y por ende poco conocidos; cuando nos muestra personas o animales no comunes en nuestro medio habitual, o personas muy bellas (y por lo tanto raras) o desnudas (raro aún en nuestros tiempos) o de rostro interesante por lo expresivo o por las marcas que han dejado en él toda una vida de experiencias y el paso de los años.

La rareza del tema también aumenta cuando la imagen ha sido lograda en horas o situaciones que muestran la realidad como no es común que se la vea, por ejemplo, de madrugada o de noche, bajo la lluvia o la niebla, en medio de ceremonias o de fiestas poco frecuentes; note que la cantidad de información puede llegar a ser altísima si el fotógrafo logra capturar un instante singular, de interés relevante, de entre los millones que podrían constituir la existencia de un aspecto de la realidad; al respecto no se debe olvidar que la captura fiel de un breve instante de la realidad es una de las facetas más distintivas de la técnica fotográfica y la que mejor marca su diferencia con las demás artes visuales. Aprecio grandemente a los fotógrafos que poseen la habilidad de reaccionar con presteza ante situaciones que ofrecen la posibilidad de capturar una gran imagen logrando controlar, en forma simultánea, todos los factores que permiten aproximarse a la excelencia técnica y compositiva.

La complejidad aporta también una buena cuota al contenido informativo de una imagen, pero sólo si no destruye su unidad ni provoca confusión, es decir, será muy útil cuando facilite la comprensión del “mensaje” principal; para ello se debe lograr que los elementos esenciales de la fotografía cooperen coherentemente a la idea central, casi por redundancia, mientras que, al mismo tiempo, se reducen o eliminan aquellos otros que sólo generan ambigüedad, distracción o confusión (disminución del “ruido” en la imagen). Recuerde que la redundancia implica la repetición de líneas, de formas, de símbolos, de gestos, de ideas o de situaciones que insisten en el mismo “mensaje” pero con variantes, para no aburrir. He puesto la palabra mensaje entre comillas para diferenciarla de aquella a la que estamos habituados y para destacar que no se trata de que el fotógrafo “diga” algo racional a través de su obra, sino que logre transmitir una impresión, una emoción, un estado de ánimo o, simplemente que logre producir placer estético en el observador.
Una imagen simple es fácil de componer y de “leer” pero, por lo mismo, su examen no retiene largo tiempo al observador, cuya mente, tras extraer rápida y completamente todo lo que ella puede darle, dirige su atención en otro sentido, sin siquiera volver a experimentar la necesidad de examinarla otra vez. En este sentido, la fotografía ideal podría ser aquella que no cuenta todo de inmediato sino que incita al observador a formularse interrogantes y a buscar, en ella misma, las respuestas, una y otra vez, o quizás a tratar de imaginar desenlaces y continuaciones, tal y como un buen cuento hace.

Por desgracia, las imágenes complejas pero limpias no son fácilmente encontrables; siempre es más fácil fabricarlas, aunque con mucho más dificultad logística que la requerida por un pintor o dibujante para crear su obra.

Pudiera ser que el tema no fuese tan raro, pero sí su tratamiento; se sabe bien que una de las cualidades que aporta más encanto a una fotografía es su capacidad de recrear lo que de por sí ella no puede tener, es decir, el volumen o la profundidad, el movimiento y hasta el sonido. Varias son las técnicas que puede poner en obra un fotógrafo hábil para incrementar la información que recibirá el observador por este concepto, por ejemplo, mediante el control de la perspectiva en sus diversas formas (aérea, de posición, a través del control de la profundidad de campo, etc.); mediante una iluminación adecuada y/o la modificación de la distancia focal del objetivo empleado mientras se obtura, a través el movimiento controlado de la cámara, etc..
Conocido es también que el empleo de perspectivas o colores a los cuales no se está acostumbrado puede conducir a imágenes diferentes e impactantes; quisiera recordarles aquí aquellos ángulos de toma llamados “mirada de pájaro” y “mirada de hormiga”, o también el efecto compresor de los potentes teleobjetivos, el efecto expansor de los lentes gran angulares, o el otro mundo al que dan acceso los objetivos para fotomacrografía y los irreales colores o saturaciones que produce el empleo de filtros polarizadores, coloreados y otros.
Sin duda que se puede magnificar la rareza del producto, falseando los colores; el falseo más “natural” pero impactante lo provee quizás el filtro polarizador, pero también es posible ir mucho más allá, por ejemplo, imprimiendo una diapositiva en proceso negativo o solarizando la copia, haciendo montajes de dos o más imágenes o de una y un film coloreado.
Las técnicas para aumentar el valor informativo parecen ser infinitas, tanto en color como en blanco y negro: fotografiar con exposiciones múltiples, con flash disparado tan pronto como se desliza la primera cortina del obturador, o justo antes que opere la segunda; haciendo montajes con dos imágenes o con una y un film coloreado; asimismo se puede copiar una imagen o parte de ella, se puede copiar dos o más sobre un mismo papel o diapositiva; se puede...se puede...se puede hacer casi cualquier cosa para impresionar con ello, pero no hay que perder de vista que una buena fotografía rara vez requiere de un drástico tratamiento para realzarla. La idea de la manipulación exagerada siempre pretende salvar imágenes mediocres o de crear, con dos mediocres, una aceptable, lo cual a veces se logra pero, por lo general, tras la primera impresión, el tiempo y la observación calmada hacen retornar a su oscuro lugar lo que brilló, con efímera luz, ante los encandilados ojos de un sorprendido observador.

Si se examina la obra de los grandes maestros, se advierte que ellos son muy fieles a la esencia del arte fotográfico.

Es indudable que el futuro enfrentará a los observadores con situaciones mucho más complejas. La manipulación digital de imágenes producirá modificaciones tan profundas, significativas e irreconocibles como tales, que será casi imposible darse cuenta que ya no es una fotografía la que se tiene delante, sino que algo distinto, quizá hasta una nueva forma de arte, cuyo concepto está aún por ser definido. Sólo los propios fotógrafos sabrán si están haciendo fotografía o no,... casi como ahora.

Y algo más, lo último sobre este punto, un poco como palabras de advertencia: es cierto que la cantidad de información contenida por una imagen es tanto mayor cuanto más novedosa es para un observador en particular, pero ello no implica, necesariamente, que por eso contará en forma automática con su aprecio, pues pudiera ser que dicha obra contuviese más novedad de la que es capaz de manejar la mente de esa persona y así, puede que a ella no le “llegue”, al menos de inmediato. Es bueno tener presente que para todo observador existe, en una imagen exitosa para sus ojos, un adecuado equilibrio entre lo conocido y lo nuevo, entre su acerbo informativo propio (su grado cultural al respecto) y lo que le aporta adicionalmente la obra; dicho adecuado balance es muy personal y evolutivo.


El factor emocional

Este es el factor que crea rechazos o amores a primera vista; el que puede dar origen a pasiones que obnubilan, no dejando ver lo obvio. Puede llegar a ser el que más influencia tenga en el juicio de un fotógrafo sobre sus propias obras porque, al fin y al cabo, sólo él recuerda, además de la impresión visual, ya sea los aromas que había en ese bosque en el que tomó la fotografía, o bien las palpitaciones de su corazón cuando veía a esa mujer en el visor de su cámara pero, sin duda, es también un factor muy importante para desarrollar un juicio sobre cualquier obra ajena. Es en este factor en el cual se apoya un fotógrafo sensible para conmover los espíritus y es él, también, quien ha hecho la fama de muchas imágenes geniales.

Sin duda que es una multitud de experiencias emocionales, íntimamente ligadas a la vida del observador, la que da forma a este factor y son esas experiencias las que dan origen a temas preferidos, de los cuales, aparte de aquellos que los publicistas han identificado como claves del éxito (las mujeres, los niños y los animales, no sé sí en ese orden...) existen otros innumerables, que cada uno puede encontrar dentro de sí mismo, tras un rápido autoexamen de espíritu.

Puede que, por depender fuertemente de la propia vida y sensibilidad artística y humana de cada cual, este último sea el factor más subjetivo y subconsciente de los tres que hemos considerado pero no se debe olvidar tampoco, para evaluar su real peso en nuestras impresiones, que tanto o más propio de cada uno es el bagaje cultural que nos acompaña y que, conjuntamente con el anterior, determina nuestros juicios y valoraciones, no sólo en lo que respecta a la evaluación de fotografías; así pues, es en realidad el todo, es decir, el equilibrio de todos los factores considerados, lo que nos lleva al juicio sobre una imagen. Como se comprende, el resultado final es bastante subjetivo y explica el porqué una fotografía o un procedimiento técnico que es interesante, atractivo o novedoso para unos, podría ser muy común y soso para otros; también es la causa que justifica que aquello a lo que uno le otorga valor en una imagen sea, para otro, digno de puntos en contra. Adicionalmente, los pareceres evolucionan con el tiempo y el lugar, de tal manera que lo que pudo provocar mucho interés ayer, ya no lo produce hoy y lo que impresiona aquí, puede dejar fríos a los de más allá.

Llegando ya al fin de estas páginas no deseo dejar la impresión que la evaluación de fotografías es algo demasiado subjetivo; para atemperar el asunto es conveniente recordar que todos compartimos una cultura de base similar, lo cual suaviza las diferencias de opinión. Se podrá tener discrepancias pero nunca andaremos tan separados; las fotos buenas lo serán siempre, y las malas, bueno, las malas serán lo que son.



Osvaldo González Rojas
E.F.CH.F - A.FIAP
osvaldodechile@gmail.com
www.fotosdeosvaldo.blogspot.com


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Saturday, December 04, 2010

De profesores, de alumnos y de griegos

DE PROFESORES, DE ALUMNOS Y DE GRIEGOS


¿Y por qué no “De profesores, de alumnos y de gallegos”, se preguntarán algunos?; me parece lícito, al fin y al cabo, en ciertas ocasiones, a uno mismo, como profe o como alumno, le ha parecido ser partícipe de un chiste sobre los tales; sin embargo, ¡tienen que ser los griegos!. Reconozco que, estratégicamente, habría sido mucho mejor incluir a los gallegos pues de ese modo todo el mundo pensaría que se trata de un escrito más bien cómico, suscitándose un mayor interés en leerlo... ¡Bueno! pero ya está decidido, después de todo, elegir el título de un artículo es algo que le corresponde a quien lo escribe y deberán agradecer que tuve el buen tacto de no precisar, para colmo, que se trata de los antiguos griegos

¿Y por qué de los antiguos griegos, se preguntarán otros?. Y bueno, simplemente porque los admiro. Y lo hago porque, hace tanto tiempo, fueron tan capaces y tan brillantes para pensar y clarificar conceptos que aún parecen frescos y que nos ayudan, todavía, a comprendernos y a comprender el mundo en el que vivimos. En particular, aprecio la importancia del legado en raíces del idioma que usamos, como también lo hago con aquella de la similar herencia recibida de los antiguos romanos, quienes, a pesar de ser menos originales y más disipados que los griegos, también aportaron lo suyo, según se da cuenta uno cuando hurga en la etimología de las palabras que empleamos. Y, entre estas, hay tres que nos tocan muy de cerca: docente, alumno y profesor.

Seguramente sabe usted que docente proviene del latín ducere, que significa conducir o guiar. ¿Guiar a quiénes?, a los e-ducandos, por supuesto, es decir, a los que son conducidos y que también son conocidos como alumnos, palabra que me gusta más que estudiantes, porque esta última se limita a describir una actividad realizada por ciertas personas, para la cual no necesariamente requieren de un docente. Y si me gusta más la palabra alumno es porque significa “el que es alimentado” (procede del latín alere o alimentar) pero, sinceramente, mucho más bonita me parece la francesa élève, ya que destaca el propósito y el efecto que tiene la mencionada guía, pues se traduce por aquel a quien se hace crecer, o aquel que es elevado y que, en consecuencia, crece.

¿Y cómo se hace crecer a una persona?, alimentándola, por cierto.
¿Y con qué?... bueno, cuando se trata de nutrir el espíritu humano hay que hacerlo con información, para que él pueda, con su ayuda, recrear y crear conocimiento.
¿Y cómo se conduce a las personas a ese tipo de alimento? ¡ah!, aquí aparecen los profesores y los griegos. Veamos por qué:

Profesor es una palabra compuesta de dos raíces, pro y fateor. Para asignarle un significado a pro tenemos varias opciones: suponer que proviene del latín prode, que significa provecho o bien, que lo hace del latín pro, que corresponde, entre otros, a la preposición por. Como fateor es un verbo en latín que viene de una raíz griega que significa hablar, entonces, profesor, en una libre y personal interpretación mía, sería aquel que le saca provecho a la palabra o, preferiblemente, y con esto casi cerramos el cuadro, aquel que guía hacia el alimento y por medio de la palabra, al espíritu de aquellos que desean crecer. ¡No me digan qué no es lindo!.

Pero no nos apresuremos tanto en terminar pues, para que la palabra, escrita o hablada, surta el efecto esperado, se requiere de bien conocer y practicar la retórica y, con ella, según constatarán, volveremos a los griegos. Los diccionarios definen la retórica como “el arte de hablar o de escribir en forma efectiva”. Para Aristóteles es “la habilidad para utilizar los medios de persuasión disponibles según el caso” y él mismo describe los tres factores que la determinan, denominándolos Ethos, Logos y Pathos, que deben ser utilizados complementariamente para interesar y persuadir con efectividad a la audiencia.

El gran filósofo definió Ethos (término del cual se deriva la palabra ética) como la credibilidad que establece en su exposición aquel que habla o escribe. El carácter del expositor y su actitud hacia su audiencia forman las bases del atractivo de sus argumentos. El carácter es aquello que da valor a las ideas expuestas y se manifiesta demostrando tres características: inteligencia, virtud y buena intención. Mientras la inteligencia se evidencia a través del conocimiento exhibido sobre el tema, además de la lógica y del sentido común para tratarlo, la virtud y las buenas intenciones son comunicadas más bien por medio de la actitud que el expositor asume hacia su audiencia, expresándose a través del tono empleado, el cual transmite impresiones sobre su propio sentir.

Mediante el Logos, el expositor debe provocar, a través del razonamiento lógico y el empleo juicioso de datos, la atracción hacia el tema y el deseo de su comprensión.

Por su parte, a través del Pathos, también llamado atractivo emocional (del cual derivan las palabras empatía, simpatía y patético) se busca estimular y persuadir mediante el uso de las emociones. Para él, Aristóteles señala dos orígenes: el primero es la aenergia, es decir la energía que debe poner el expositor para despertar la pasión en los auditores, cuestión fundamental para incitarlos a la acción y, el segundo, es el empleo de un lenguaje apropiado, el cual debe ser natural, comprensible y correcto.

Finalmente y sin pretender enmendar la plana a Aristóteles, cosa que pocos siglos atrás me habría resultado caro, opino que no hay que olvidar que agregando estética al discurso, mediante la incorporación de belleza y elegancia a la forma en la que se desarrolla el Ethos, el Pathos y el Logos, se incrementa considerablemente su atractivo.

Y así pues, gracias a que no hicimos chistes a costa de gallegos, se ha terminado por intuir, ciertamente con gusto a poco pero con muchas yes, lo que de verdad son los alumnos y lo que ellos requieren de un profesor.





Osvaldo González Rojas.
Ex Profesor en la sede Concepción de LA UTFSM

Saturday, October 01, 2005

La búsqueda de la concordia

LA BÚSQUEDA DE LA CONCORDIA


La concordia es, según cualquier diccionario, la situación de ajuste de las opiniones que anula los litigios entre personas (etimológicamente corresponde a "con corazón común") y se comprende bien, entonces, que constituya la condición básica para que se produzca la unión entre ellas.

La concordia no es fácil de lograr y por ese motivo se asiste, constantemente, a los nefastos efectos que la discordia tiene sobre familias, comunidades y pueblos enteros. Las tensiones generadas por la discordia causan la división y dan origen a los más violentos conflictos que, cual válvulas de escape, buscan aliviarlas, aún por medio de la fuerza. Es claro pues que el origen de todas las luchas humanas está en la acumulación de tensiones provocada por discordias no resueltas y por eso es importante encontrar sus causas y precisar las condiciones que conducen a lo opuesto, es decir, a la concordia.

Las tensiones entre seres humanos surgen al enfrentarse las distintas formas de reaccionar frente a un hecho determinado.

La forma de actuar de las personas que se ven enfrentadas a un hecho depende, en condiciones normales, de cómo ellas sienten y razonan al respecto. La manera de sentir está condicionada por una multitud de factores, íntimamente relacionados con la vida de cada cual y ello explica el por qué, rara vez, dos o más personas llegan a experimentar sentimientos iguales o de la misma magnitud, en respuesta a un mismo hecho. La forma de razonar, por su parte, depende no sólo de la capacidad de hacerlo que todos tienen, sino que también de la voluntad de ejercerla, a pesar del trabajo que ello implica y también del conocimiento, sin el cual la razón no puede llegar a conclusiones certeras. Muy importante para facilitar este proceso, mucho más complejo y lento que el aflorar de los sentimientos, son ciertos principios o verdades que la misma razón ha aceptado como válidos o justos, aunque, por desgracia, no siempre después de un proceso racional propio que le haya dado solidez a esa convicción. Así pues, el actuar de una persona puede ser regido sólo por sus sentimientos y sin apelar mayormente a su razón o simplemente yendo en contra de ella; de acuerdo con su razón que ha subordinado a sus sentimientos, o según su razón, que ha determinado una manera de actuar coincidente con la señalada por ellos. Sólo en este último caso, la mente del individuo queda en paz consigo misma, conforme con el actuar e íntimamente convencida que ese actuar ha sido el más correcto, considerando la situación enfrentada.

Es común, a causa de lo anterior, que en torno de ciertos principios o verdades, que usualmente permiten acciones razonadas coincidentes con los sentimientos, se reúnan personas para formar partidos políticos, instituciones diversas y otros grupos que buscan lograr cohesión interna y expansión. Resulta inútil, sin embargo, que se pretenda alcanzar tal cohesión y expansión en forma universal, a menos que los principios o verdades de referencia utilizados puedan ser reconocidos como válidos por la razón de todos. Si usted concuerda con esto, concordará también en cuán importante es el identificar alguno de aquellos principios o verdades de referencia universales que, pudiendo ser aceptado por la razón de todos, sirva como guía para lograr esa tan deseada unión, símbolo de la ausencia de tensiones, con la cual se consigue visualizar mejor los objetivos a alcanzar y llegar más rápido a ellos. Tales principios existen y desde hace ya mucho han sido utilizados para generar formas de conocimiento que faciliten la cordial convivencia de los miembros de una comunidad civilizada.

Entre una de las formas de conocimiento que se ha establecido para uniformar el actuar de las personas en una comunidad frente a muchas de las situaciones que se presentan en ella, está la Ley. Ésta, de origen divino, consuetudinario o creada por acuerdo de la mayoría de los ciudadanos o de sus representantes, surge y existe, idealmente, para asegurar el bien común y propiciar la unidad. Es la Ley, que se supone conocida por todos, la que permite que todos sepan como se debe actuar en cada caso, estableciéndose así las condiciones mínimas para que ocurra la concordia en la comunidad. Es la misma Ley la que dispone que aquellos que no la cumplan sufrirán una sanción; la Ley Divina Cristiana establece sanciones que por lo general son “post mortem” y la humana, en vida, acordes con la falta cometida. Son las sanciones posibles las que incentivan el cumplimiento de la Ley; en el caso de la Divina ello depende, fundamentalmente, de la fe del creyente y en el de la humana, del celo de la autoridad para castigar su incumplimiento.

Es cuando la Ley no existe, cuando no corresponde a su objetivo, cuando no se cumple o no se sanciona su incumplimiento, que las tensiones interhumanas se incrementan, pudiéndose llegar, así, al punto en el que se liberan violentamente, con resultados impredecibles.

Pero las leyes no especifican todos los comportamientos humanos y se sabe que sin ellas o sin principios que los determinen o fuercen, la forma de actuar de las personas es muy particular de cada cual y nada uniforme. Es en este punto donde se hace importante reconocer, racionalmente, el principio de base que ha inspirado la formulación de todas las leyes y enseñarlo, para que, en ausencia de una disposición precisa para la situación enfrentada, sirva de guía universal que señale el comportamiento adecuado. Tal principio, reconocido como muy correcto y verdadero, desde hace miles de años, puede resumirse en la siguiente forma, una de las tantas posibles y no necesariamente la mejor:

“En su relación con otros seres humanos, usted no provoca tensiones en ellos solamente sí no le hace a otros seres vivos aquello que no desearía que se le hiciese a usted mismo”. *

Esta verdad, que constituye una excelente definición de lo que es el Bien y que puede ser confirmada como correcta por su razón o la mía, es una muestra maravillosa del poder de razonamiento y de síntesis de la mente humana. Esta definición y su aplicación constituyen un monumento a la razón y es por eso que el conocimiento del Bien y del Mal es un privilegio de los seres humanos, privilegio que establece una de sus diferencias fundamentales con los demás seres vivos.

El conocimiento mutuo o personal de lo que es el Bien no garantiza que se dejará de provocar tensiones en otros o que los demás dejarán de hacerlo sobre usted; sólo garantiza que cada vez que usted o alguien traicione a su razón o a su razón y a su fe, según el caso, será su propia conciencia la que se lo haga ver. El conflicto interno que se genera cuando la conciencia remuerde, como todos los conflictos, no es agradable y ello tiene dos consecuencias: la primera, a futuro, tiende a evitar la repetición de las causas que a él dieron lugar, es decir, a través de ella, se aprende que para conservar la propia paz interna, no se debe actuar en contra del Bien; la segunda enseña, también por la experiencia, que la paz interna puede ser recuperada reparando el mal hecho, dando explicaciones o pidiendo perdón. El silencio de la voz o del actuar, en estos casos, sólo es compensado por un gran bullicio interior, que no sólo impide el buen dormir, sino que también disfrutar del día y de la vida, como se espera.

Quienes conocen y practican el Bien pronto aprenden a valorar la paz interna que ello aporta; pronto aprenden también a perdonar más fácilmente, pues aparte de reconocerse como posibles ofensores, reconocen que el perdón libera a sus propias mentes de la carga de rumiar venganzas y malos deseos contra quienes lo hacen. El convencimiento de que aquellos que ofenden lo hacen por ignorancia de lo que es el Bien o porque se han dejado arrastrar por la irracionalidad, les hace también más tolerantes a las ofensas infligidas por los demás y señala el único camino para expandir el Bien, cual es, enseñar lo que Él es.

El ser humano busca con ahínco la felicidad y ello sólo es posible a través de la senda señalada por el Bien. Quienes ignoran o no tienen claro lo que Él es, se exponen a buscarlo por caminos erróneos; demasiado frecuentemente se escucha decir “que se debe luchar contra el Mal” para conseguir el Bien pero se debe tener presente que contra el Mal no se lucha, este último sólo se extingue cuando se hace el Bien. Hay por desgracia muchos, demasiados quizás, que deseando hacer el Bien, pretenden combatir el Mal con el Mal, sólo consiguiendo que éste se multiplique y expanda; en realidad somos todos, cual más, cual menos, los que participamos en esta cadena de mal contra mal, ya sea por ignorancia, por traición a nuestra razón o a nuestra fe, o por desidia, al no darnos el trabajo de usar nuestra capacidad de razonamiento. Deberíamos procurar cortar esa cadena y, si nuestra condición humana no lo permitiese, tratar al menos de no contagiar nuestros resentimientos ni de hacer que a nuestros hijos y prójimos les duelan nuestras heridas; contribuiríamos así a formar generaciones más sanas y mejores, generaciones más optimistas y comprometidas con la vida y su futuro.

Estudiar, aprender y enseñar para que la ignorancia que limita las posibilidades de la razón se extinga; enseñar lo que es el Bien, para que nadie quede haciendo el mal sin saberlo, es una tarea ineludible de todos los seres humanos, especialmente de aquellos que más conocimientos o poder poseen. Guiar a sus semejantes en la conquista del saber y del Bien, es una de las tareas más nobles que puede emprenderse en la búsqueda de la concordia. ¡Súmese a ella!


Osvaldo González Rojas

La rima de cortesía

LA RIMA DE CORTESÍA


El origen de la palabra corte, la corte, de la cual deriva cortesía, cortejo y cortés, es una reminiscencia de la forma en la cual se designaba, en la Antigüedad, al patio de la residencia real, especialmente en Francia, donde aún hoy persiste, en cierto modo, esta costumbre; allí, cualquier patio, por ejemplo el del colegio, recibe el nombre de “la cour”, o sea, la corte, en traducción literal. Por extensión, este término se aplicó, también, al conjunto de personas que vivía junto al rey y a las que, en la ceremonia de los besamanos, le rendían homenaje y pleitesía.

A medida que las residencias reales pasaban, de ser simples tiendas, a convertirse en enormes castillos y palacios, se incrementaba también la cantidad y la promiscuidad de las personas que allí se cobijaban. La vida, en estos protegidos lugares, si bien mucho más grata que en su exterior, no estaba exenta de problemas; si ya es difícil mantener siempre la armonía en una familia, ¡qué menos podría haberlo sido en tan grandes residencias!. Conocido es el dicho popular “pueblo chico, infierno grande”, muy apropiado para describir la situación a la cual conduce la estrecha convivencia de un grupo humano numeroso, como aquel que compartía la casa real. Es sabido que la corte era sede de múltiples conflictos humanos: las envidias, las intrigas, los amores clandestinos, los engaños, los negociados, los aserruchamientos de piso y mucho más, ornaban profusamente ese ambiente y de ello dan crédito las más variadas crónicas y novelas del presente y del pasado, que la modernidad ha transformado en tema para sabrosos filmes. Existía, es cierto, como lugar de residencia compartido, una diferencia nada despreciable entre las características de la corte y las de un pueblo chico: la corte tenía un dueño de casa, lo cual convertía a los demás acompañantes en simples, pero privilegiados invitados en ella; esto les imponía, entonces, un buen conjunto de restricciones en su actuar: por una parte, debían procurar que los inevitables conflictos no llegasen a importunar al soberano y a los más poderosos en la jerarquía palatina y, por otra, debían competir por los favores y aprecio de ellos, especialmente del rey. Para asegurar una tranquila, mas no siempre sana convivencia, hubo de ser establecida, entonces, una serie de normas de trato gentil, o “reglas de cortesía”, detrás de las cuales fuese posible ocultar los problemas y los verdaderos sentimientos y propósitos de quienes las practicaban, es decir, de los cortesanos, los cuales pasaron, así, a ser muy “corteses”, aunque algunos demasiado. De la corte, dichas tácitas normas bajaron al pueblo, siempre atento a imitar a los poderosos y allí se transformaron en un complemento de las leyes ciudadanas, cooperando con ellas para hacer más grato el ambiente y las relaciones, en las cada vez más pobladas urbes que rodeaban al palacio.

Oportuno parece hacer notar que, en la corte real y dinástica, el único que
podía permitirse no ser en absoluto cortés era el rey, privilegio del cual no goza el símil del soberano en las mímesis plebeyas y democráticas de nuestros días; en ellas, aún él debe cuidarse mucho de no serlo en exceso, pues el pueblo, tarde o temprano, podrá cobrárselo, adicionado a otras deudas.

Adviértase que la cortesía siempre se fundamenta en la simulación y el disimulo, comportamientos que constituyen dos de las más poderosas armas con las cuales fueron dotados los seres vivos para ayudarlos en la lucha por la supervivencia. La simulación, que consiste en aparentar una forma de ser o un aspecto distinto del real, tiene una notable utilidad que todos aprovechan, algunos con extrema eficacia; recuerdo aquí la frase “se hizo la mosquita muerta”, que describe el comportamiento, ad-hoc, que se atribuye a estos insectos para evitar ser muertos de verdad (y que, personalmente, no me consta aunque sí lo he visto, impresionantemente practicado, por las arañas y por una planta, la sensitiva). Es indudable que también lo utilizan, con mucho éxito, los seres humanos; el actual conflicto en Kosovo ha dado reciente prueba de ello (uno de los sobrevivientes, de una de las conocidas masacres, declaró a la CNN -¿y a quién más?- “haberse salvado, simulando estar muerto”. El disimulo, por otra parte, que consiste en hacerse menos evidente, no sólo ayuda a no ser matado sino que también facilita lo contrario; así, por ejemplo, el homocrómico camuflaje del camaleón le permite no ser comido y, a la vez, comerse con más facilidad a otros bichos; comportamiento similar le resulta, igual de provechoso, a muchos otros animales, en particular a los gazapos, que se agazapan para no ser vistos, y a los felinos, que no sólo se agazapan, sino que también reptan, siendo ellos los maestros en el arte de “bajar el perfil” y cazar con éxito. Bajar el perfil es lo que aumenta la letal efectividad y la supervivencia en buques y en tanques de guerra. Bajar el perfil, disimular, simular, actuar, corresponden a una traducción casi literal de las raíces griegas de hipocresía. Hipocresía es, se sabe, el disimulo extremo de los verdaderos sentimientos y propósitos hacia los demás, ya sea para protegerse, o para facilitar un ataque, si la ocasión es propicia.

Muy cierto es que la vida parece más agradable y civilizada con la cortesía, pero no hay que olvidar que ésta tiene su mejor rima en la hipocresía. La hipocresía se oculta detrás de la cortina de humo de la cortesía extrema, se apoya en la adulación y se enseñorea en las almas frágiles. Aunque sus víctimas preferidas son los poderosos, no es un arma exclusiva de los débiles y solapados. Nadie parece estar libre de sus efectos y la vida, en la corte o en cualquier comunidad que la imita, debe conformarse con cierta dosis de este camuflaje; ya lo escribió alguien, “la hipocresía es a la vida, lo que la grasa es a la rueda de la carreta: ensucia pero sin ella la carreta no anda”. Todos la practicamos, aunque sea para simular que vivimos armoniosamente, pero lo importante es no exagerar. La recomendación de no exagerar, en este caso como en ningún otro, es una de las sabias conclusiones heredadas del razonar de los antiguos griegos, quienes, por no tener que trabajar en demasía, empleaban su tiempo para filosofar, es decir, para pensar, buscando la verdad de las cosas, para después contarla y enseñarla a los demás.

La hipocresía encuentra su mejor aliado en el temor, justificado o no y, a través de sus vectores, la simulación y el disimulo, se expande y florece en los ambientes y períodos inseguros, peligrosos y competitivos; es una de las malsanas herencias de las épocas de dicta, de las duras y de las blandas, porque aquellos que se han sentido obligados a usarla, con o sin razón, terminan incorporándola, casi crónicamente, a sus formas de proceder. Sin duda también, que el competitivo estilo de vida actual favorece su práctica y obliga a todos a mantenerse un poco alerta, como a la defensiva, precaviéndose de los excesos en uno mismo y en los demás. Finalmente, no está de más recordar que la filosofía popular recomienda que “lo cortés no debe quitar lo valiente”, verdad que establece como preferible y más apreciada la franqueza leal, que la adulación artera.

Llegando ya al final, habéis visto que cortesía, cortés, cortejo y cortejar, comparten la misma raíz, las mismas virtudes y los mismos vicios. Muy seguro de que el asunto habría de interesar, hubiese querido finalizar con el análisis del verbo cortejar, que bien rima con galantear y adular, mas, ocurre, que del erotismo no deseo, por ahora, hablar y así os dejo, a vosotros, la tarea de en ello divagar.

Sin embargo, antes de abandonar este rimado tema, no desearía que flotase, en el ambiente de estas páginas, la idea que la hipocresía es un mal necesario y sin remedio; observe usted mismo su entorno y percátese que esta técnica de supervivencia no tiene cabida en su familia inmediata, ni tampoco en sus relaciones de amistad; no la tiene, porque en ellas todo el mundo se siente seguro y confiado, a pesar de cualquier cosa que ocurra, y eso es así, porque, en ese medio, las relaciones se basan en el amor; ¡en el amor!, en ese sentimiento que siempre se expresa en cuatro formas principales: la caridad, el afecto, la amistad y el erotismo. La caridad está asociada a la compasión y a la empatía. El afecto, aliado a la confianza, a la tolerancia y a la admiración, es imprescindible para el surgimiento de la amistad. Del erotismo no hablaré más hoy, ya lo dije rimando, pero recordaré que el amor, en general, se traduce en desear lo mejor para los demás y en compartir la felicidad ajena; recordaré también que la confianza se funda en el imperio de la justicia y de la equidad, nutriéndose de la franqueza inteligente y , finalmente, diré que la tolerancia requiere de la comprensión y del perdón de los errores y defectos ajenos. El mejor antídoto para el temor y la desconfianza es el amor y una comunidad que lo incorpora, es una comunidad genuinamente cortés, en la que no es necesaria, casi, la hipocresía.


Osvaldo González Rojas

Nunc et in hora mortis nostrae

NUNC ET IN HORA MORTIS NOSTRAE


Fascinante es la etimología, es decir, la ciencia que estudia el origen y la razón de la existencia y del significado de las palabras, de las buenas y de las malas, de las bellas y de las feas. Cuando se la descubre, se descubre también que recién entonces comienza uno a comprender sus crípticos significados y el proceso de síntesis que les dio lugar; la lengua adquiere así otro sabor y se siente uno más próximo a los antiguos griegos y romanos, pero también a los árabes, a los celtas y a tantos otros pueblos de la antigüedad, incluidos el indio de la India y el de nuestro continente, que nos legaron las raíces de las cuales brotan las palabras del idioma que empleamos. Se disfruta, por esta causa, mucho más de ellas, sobre todo de las bellas y hasta se anima uno a intentar crearlas. Inventar palabras es dar expresión escrita a conceptos y como éstos siempre preceden a la acción y a las obras no es raro que muchos inventores de cosas sean también los inventores de las palabras que las representan; sin duda que nuestro siglo ha sido pródigo, como ninguno, en el enriquecimiento del lenguaje, especialmente gracias al avance de las ciencias y de las tecnologías pero ello no debe hacernos olvidar que no siempre las palabras representan cosas o acciones, sino que, a veces, también sirven para identificar estados de ánimo y mucho más; tal cosa ocurre, por ejemplo, con nostalgia, una bella palabra internacional, cuyo origen y significado lo aclaró el Padre Hasbún, en una de sus crónicas en el diario “El Mercurio”; fue inventada, según él, en 1688, por el lingüista Johannes Hofer, quien usó como raíces a las palabras griegas nostos = regreso y algos = dolor, para designar así al “doloroso deseo de regresar”, de regresar a un tiempo o a un lugar del cual se conserva agradables recuerdos; ¡ojalá pudiésemos experimentar todos, siempre que nos veamos obligados a alejarnos de algún sitio, la bella y romántica nostalgia!; ello significaría que allí fuimos felices, que allí fuimos bien tratados, seguramente porque tratamos bien, y que a él quisiéramos volver. Ojalá podamos también, el día postrero, experimentar nostalgia de la vida y la esperanza que, sea lo que sea que venga después, tendremos, allí, la opción de ser felices. Añoranza, del catalán anyorar, es lo mismo pero yo prefiero nostalgia.

Otra palabra no bastarda, cuyo creador fue el ácido escritor inglés William Thackeray, nacido en 1811 y autor de “La Feria de las Vanidades”, es snob; fue sintetizada a partir de las palabras francesas “sans” y noblesse” (o quizás de las latinas “sine” y “nobilitatis”, que significan lo mismo: sin y nobleza) y ha sido adoptada, en todos los idiomas, para designar a los personajes que demuestran no tenerla; en castellano se escribe esnob y da origen a varios otros términos relacionados.
Etimología también tiene la suya propia; proviene de étymos = verdadero y de logos = conocimiento, es decir, sería algo así como “conocimiento verdadero” y otra de las cosas que se aprende con ella es que, a veces, sin significa con (cuando proviene del griego syn); así sucede con sinergia, cuyo significado es “con energía común”, todo de origen griego. Energía es una bella palabra también y muy importante; fue inventada, por algún anónimo habitante del archipiélago más famoso del Mar Egeo, para designar aquello que impulsa a la acción. Sincronía (con tiempo común) es otro ejemplo lindo, lo mismo que síntesis, o que sinfonía (con sonido común) y que sistema (con tema común) entre tantas otras. Pero no siempre sin es con, a veces con es con (cuando viene del latín cum) como sucede en conjunto y en conciencia; conjunto corresponde a “con unión” y conciencia significa eso, “con ciencia”, o sea “ con conocimiento exacto y reflexivo de las cosas”, aunque también le corresponde “conocimiento último del bien que debemos hacer y del mal que debemos evitar”.
Para saber si al actuar se lo ha hecho con ciencia, hay que examinar las consecuencias de nuestros actos, consecuencias de las cuales somos siempre responsables, aunque no correspondan a las deseadas; constatar que esto último se ha producido, usualmente a través de la reacción de otros, provoca un tipo de dolor que se ha llamado frustración y que, bien manejado, permite madurar y mejorar con el tiempo, como ocurre con los buenos vinos. A la frustración se puede adicionar el dolor que nos pudiera producir la reacción de aquellos que se sintieron molestos por nuestro inconsciente accionar y así sucede que, tanto la frustración y el saber que hemos actuado incorrectamente, como la posible la reacción de otros, se convierten en factores que contribuyen a nuestra infelicidad, en factores que enturbian nuestra conciencia. Limpiar la conciencia es siempre doloroso, comienza por aceptar, ante uno mismo y los demás, que no se es perfecto y que se ha cometido un error, continúa con los procesos de pedir disculpas y de compensar a los afectados, para finalizar con los buenos propósitos de no repetir la acción errónea y de perfeccionar nuestra ciencia.
Y, finalmente, así como el prefijo sin no siempre es tal, sino que todo lo contrario, el latín nunc no significa nunca, sino que, curiosamente, ahora. Ojalá pudiésemos mantener nuestra conciencia lo más limpia posible, ahora y en la hora de nuestra muerte; ello indicaría que lo que hicimos, conscientemente, en la vida, lo hicimos con la mejor ciencia, es decir en la forma más correcta posible y que, si constatamos que no fue así, lo reconocimos, solicitando el perdón por ello y buscando la rectificación del error, cuanto antes mejor, porque las horas finales no sabemos cuando llegarán y la vida enseña que del que tuvo la conciencia limpia y actuó con nobleza, sufren nostalgia los demás (¡tan bueno que era el finado! dirán, como siempre, pero esta vez será de todo corazón).


Osvaldo González Rojas.

El engaño

EL ENGAÑO


La capacidad de engañar es una de las más poderosas armas con las que la naturaleza dotó a los seres vivos con el objetivo de facilitarles la supervivencia en el hostil medio que ella misma generó. Ésta le permite, al ser que mejor la practica, tomar ventajas con respecto a víctimas, a rivales y a enemigos; su producto, el engaño, presenta diversas modalidades, según su origen, destinatario y objetivos precisos; si el destinatario es una inofensiva posible víctima, el procedimiento puede consistir en algo tan simple como distraer su atención para que ésta baje, transitoria y fatalmente, la guardia, pero también pudiera ser algo más sofisticado, tal como una falsa promesa de seguridad o de placer, revestida quizás de brillantes colores, de ricos aromas, de bellas formas o de seductoras palabras. También podría tomar el aspecto de un elaborado disimulo o de un eficiente camuflaje, es decir, ya sea de un artero ocultamiento de intenciones o de un disfraz que confunda al peligroso acechante con el entorno o lo haga aparecer inofensivo, tal como ocurre con un lobo vestido con piel de oveja. Sin embargo, cuando el engaño va destinado a rivales y enemigos, el engañante tiene que ser más cuidadoso porque éstos, a diferencia de los débiles e inofensivos, pueden oponer una resistencia tal que la posible víctima se convierta en victimaria; por ello, en esos casos , el engañante debe procurar comportarse con mayor inteligencia, astucia y sutileza que su oponente, haciendo gala de una muy alta habilidad, si es que desea lograr vencer y conseguir sus propósitos. Entre las formas más solapadas y efectivas de engaño se encuentra la cortesía falsa, que se confunde con la hipocresía, para recubrir a las peores intenciones.

Es bueno tener presente que el engañante define, a través de su actuar, cuales son sus posibles víctimas, rivales o enemigos y, en consecuencia, tras desvelarse sus verdaderas intenciones, debe estar preparado para soportar los conflictos a los que pudiesen dar origen las represalias que los afectados optasen por ejercer.

Y, claro está, aunque nunca se desea engañar a quien se ama o estima, es un hecho que ello sucede; sin embargo, entonces, el engañante jamás se libra de un molesto cargo de conciencia o de la desazón de constatar el enorme dolor que su acción causa en quien se creía amado, dolor mucho más intenso que cuando la felonía tiene otro origen.

De este modo, si bien engañar a otros seres humanos puede ser, en ciertos casos, una muestra de inteligencia y habilidades superiores, es usualmente considerado como muy reprobable porque ese acto revela falta de amor, de consideración y de respeto hacia los demás y también porque en él se encuentra la base de muchos de los enfrentamientos que acidifican la convivencia humana.

Si engañar a otros es, por lo general, muy feo, engañarse a sí mismo es, también por lo general, tonto. Quien lo hace revela que no se ama ni respeta lo suficiente a sí mismo y también que posee un desarrollo intelectual muy limitado. Para que el auto engaño fuese aceptable, tendría que ser muy inteligente y con un propósito altruista (no arribista) casi comprometido con la supervivencia misma de quien lo lleva a cabo; en ningún caso debiera ser tan torpe como el del avestruz, la cual cree eliminar el peligro escondiendo la cabeza, o tan infantil como el del niño que también supone que se hará invisible para los demás, con sólo taparse los ojos.

El que es engañado o el que ha logrado auto hacerlo, comienza, en ese aspecto, a vivir en un mundo de fantasía, en un mundo de irrealidades del cual puede volver a la tierra en forma violenta y desagradable. Es bueno pues, todos lo sabemos, tomar precauciones, especialmente cuando de auto engañarse se trata.

¿Y quiénes tienen más necesidad de engañar?; sin duda que los débiles (o los que creen serlo) y los depredadores, es decir, los que buscan víctimas. Así, los niños mienten por temor y muchas mujeres también; disimulan y engañan aquellos de alma frágil cuando se sienten amenazados y los que temen perder, lo que sea. ¿Ha visto, alguna vez, camuflarse a un elefante?, ¿o a una mamba?. Engañan también los depredadores y los que tienen alma de tales; se han acostumbrado a hacerlo para sobrevivir. ¿Se ha dado cuenta que la serpiente de cascabel se camufla para actuar como depredadora pero no lo hace cuando se cree amenazada?.

¿Y para quienes es mayor la probabilidad de ser engañados?; curiosamente, también para los depredadores (o a los que se ve como tales) y para los más débiles. A los depredadores y a los poderosos se los engaña por temor y para competir por sus favores; se los engaña mientras son o parecen fuertes pues, llegado el momento adecuado, hasta el león es comido por las hienas y los gusanos. Se engaña y agrede a los más débiles porque no se tiene temor de ellos pero es bueno recordar siempre la realidad anterior.

Sí, el engaño y las contramedidas correspondientes son omnipresentes en la naturaleza y forman parte de las pruebas que todos los seres vivos deben pasar para demostrar las capacidades de adaptación que facilitan la competencia por sobrevivir. El ser humano, aunque no es ajeno a ellas y está condenado a convivir con sus negativos efectos, tiene, para mitigarlos, algo que el resto de la naturaleza no posee: su conciencia y su capacidad de sentir amor. Es desarrollando estos dones que los miembros de cualquier comunidad pueden hacer sus vidas más gratas, fructíferas y felices.


Osvaldo González Rojas

Los esfuerzos de la perra Negrita

LOS ESFUERZOS DE LA PERRA NEGRITA


Me admiraba, días atrás, al observar los tremendos esfuerzos que hacía la perra “Negrita” para comunicarme sus deseos; no sólo era la actitud de su cuerpo y los gestos que con su cara de perro realizaba, sino que también la expresión de su mirada y los extraños y urgentes sonidos que emitía. Yo sabía lo que ella quería pero insistía en darle la impresión de no comprender, preguntándole, una y otra vez, con mi rostro y mi voz, que era lo que deseaba. Su desesperación era evidente; casi se podía adivinar la magnitud de la necesidad que se desarrollaba en su cerebro y de cómo allí las neuronas intentaban, frenéticamente, establecer nuevas conexiones, que difícilmente podrían tener lugar, para que el concepto que martillaba en su canina mente pudiese transformarse en verbo y expresarse a través de sonidos. La escena anterior, muy conocida por los que tenemos mascotas, no forma parte de la experiencia del resto, ni tampoco la exuberante explosión de alegría que manifiesta el animal cuando constata que su propósito ha sido conseguido: ¿salir?, ¿salir a pasear es lo que quieres?, ¡yaaa!, vaamos…. Las esperadas palabras han sido pronunciadas por su “papá” humano.

Es curioso constatar que tales esfuerzos por comunicarse se dan frecuentemente en el sentido animal-humano y sólo muy raramente en el animal-animal; sin duda que la recompensa de verse comprendido con la que el animal se ve gratificado y que espera por experiencia, hace interesante y justificado el trabajo por lograr su propósito. Entre animal y animal sólo se asiste a despliegues semejantes de recursos comunicacionales cuando el macho corteja a la hembra, intentando convencerla de aceptar el apareamiento sexual. Ello es así, seguramente, porque aquella situación constituye una de las pocas, en el reino animal, en la cual la satisfacción de una urgente necesidad depende de otro ser y porque es fundamental para la reproducción y la supervivencia de la especie. Comprender o sentir que la satisfacción de una necesidad propia depende de otro ser es imprescindible para desear establecer una comunicación con él y ello surge, primariamente, entre individuos de una misma especie, entre macho y hembra, entre madre e hijo, entre padre e hijo y entre amo y mascota.

El nacimiento de la escritura y con ella el de la Historia, es un acontecimiento no muy lejano, del cual se conoce, aproximadamente bien, la época, el lugar y la evolución que desde entonces ha tenido. No ocurre lo mismo con el nacimiento de la herramienta comunicacional previa a ella, es decir, del lenguaje oral. Sólo razonables conjeturas ha podido hacerse al respecto y ello es motivo de intensa preocupación para antropólogos y paleontólogos. En todo caso, sea como haya sido, surgió y evolucionó para extinguir la intensa necesidad de comunicarse, manifestada en alguna rama de nuestros remotos antepasados y que demostró, para ella, ser fundamental para consolidar la supremacía de la subespecie que la adquirió.

Mi experiencia comunicacional con animales, de la cual los párrafos iniciales de este artículo son un ejemplo, refuerza en mí la idea que el deseo de comunicarse es previo al lenguaje que lo permite en forma precisa. El deseo, o forma en la que se manifiesta la necesidad de comunicarse, da origen, como ocurre con todas las necesidades, a las acciones que las satisfarán y, aunque muchas de ellas ya están genéticamente determinadas, todas se desarrollan según las circunstancias y el aprendizaje. El deseo de comunicarse es previo al lenguaje pero previo y muy anterior aún puede ser el desarrollo de la capacidad de formularse autointerrogantes, es decir, el desarrollo de la comunicación consigo mismo; allí debe estar el primer asomo de mente en los animales y en los hombres primitivos. Esta capacidad, que debe haber aparecido tempranamente en la evolución de los seres vivos, pudo ser gatillada por la interacción con el medio ambiente, proveedor de alimento, pareja y enemigos. Las autointerrogantes básicas del tipo: ¿Qué es eso? (amigo o enemigo, macho o hembra, alimento, etc.) son fundamentales para la supervivencia de todo ser y de su especie; las respuestas, aún sin lenguaje, deben darse en alguna forma, quizás con la ayuda de un protolenguaje, parte del cual puede ser genéticamente heredado y parte aprendido con la experiencia. Sólo después que un ser constata que requiere de la respuesta de otro para satisfacer sus necesidades, se desarrolla en él el interés por comunicarse hacia el exterior y también comienza, entonces, el desarrollo de protolenguajes gestuales, sonoros, químicos y, eventualmente, verbales. Es obvio que la adquisición de un lenguaje significa la adquisición de ventajas comparativas importantes para una especie, las que facilitan su supervivencia y predominio sobre otras. Es gracias a ello, sin duda, que el ser humano, milenio a milenio, adquirió aquella capacidad de enseñorearse sobre todo en este planeta.

Habiéndose adquirido la capacidad cerebral de tener un lenguaje y también las características fisiológicas que permiten la producción de los variados sonidos que hacen posible una comunicación oral como la humana, cabe preguntarse lo que sucede en el cerebro de quien no ha tenido aún la oportunidad de aprender un lenguaje, ya sea porque es todavía muy joven o porque ha vivido aislado (el caso de los niños-lobo, por ejemplo). La respuesta, basada en la experiencia con dichos sujetos es, ciertamente, difícil pero se puede intentar infiriéndola de las conclusiones a las que ha llevado el análisis de la forma en la que dicha capacidad ha evolucionado y de la lógica del proceso: las preguntas básicas y otras no tanto, deben estar allí, autoformulándose sin palabras. Autointerrogantes tales como: ¿qué es eso?, ¿qué pasa?, ¿qué es esto?, ¿qué o quién soy yo?, deben ser frecuentes en la mente de tales seres y también, probablemente, la asignación de sonidos a ellas, en una especie de lenguaje propio, capaz de permitir una comunicación con ellos mismos. En el caso de la convivencia de dos o más seres humanos aislados de todos los demás, es casi indudable que terminarán acordando un lenguaje común propio aunque elemental e incompleto, con todas las limitaciones que supone el no contar con el acerbo de experiencia y conocimientos acumulados por un grupo social estable y con historia común. Lo importante, en todo caso, es que las preguntas deben estar allí, antes de la existencia de cualquier idioma, y también las capacidades para traducirlas en estructuras mentales, que otra parte del organismo podría transformar en sonidos. Al respecto, tengo lo que parece ser un muy antiguo y vago recuerdo, tan antiguo que estoy convencido que viene desde mi época de bebé: acostado sobre mi cama, o mi cuna quizás, veo, sobre mí, a mis manos y brazos moviéndose y tocándose; una de mis manos pellizca un brazo y resuena en mi mente la pregunta ¿qué es esto?, ¿qué es esto?… y eso es todo….¿Qué por qué lo recuerdo?, ¿y por qué con esa persistencia e intensidad?, no lo sé; sólo sé que lo hago desde hace mucho, sin duda que desde niño, y eso me intriga; ¿será porque fue la primera auto interrogante, sin palabras, que se originó en mi mente y de la cual tengo memoria?; no lo sé pero es curioso….

Sea como sea que haya sido el nacimiento de la comunicación oral y escrita, está claro que ella ha sido fundamental en el desarrollo y progreso de Humanidad y constituye uno de los rasgos distintivos por excelencia de nuestra especie; constituye también un inapreciable valor que es necesario cultivar y mantener para asegurar no sólo el progreso científico y técnico, sino que, y muy especialmente, el desarrollo espiritual de las actuales y futuras generaciones. El desarrollo de la muy rezagada conciencia del ser humano depende, grandemente, del éxito en esta tarea. Nuestra responsabilidad como profesores, debiera estar comprometida con ella.

Siento tener que terminar este artículo aquí, sin antes extender las ideas expuestas a los problemas de la posible comunicación entre humanos y seres extraterrestres más avanzados, pero la perra “Negrita” me dice que es hora de salir; ella, como no muchos humanos pueden, va a la Universidad todos los días, aunque sólo sea para pasear en sus jardines...


Osvaldo González Rojas.



P.S. Este Artículo tuvo un triste epílogo; dos semanas después de haber sido escrito, la simpática Negrita murió, envenenada, tras uno de sus nocturnos paseos por el Campus que, hasta ese entonces, había constituido, para ella y para nosotros, un placentero y seguro lugar, pleno de gratos recuerdos de toda una vida. La carta que sigue, publicada en el Diario “El Sur” de Concepción, con fecha xxxxx, resume los que fueron nuestros sentimientos al respecto.

PENA EN EL ALMA.

Nuestra perra Toulouse, o la “Negrita”, fue envenenada con estricnina y murió, como no debió ser, sumiéndonos en intenso dolor. La pena ha sido doble, pues el hecho ocurrió en los jardines del Barrio Universitario, en el Campus de mi “Alma Mater”, el cual siempre consideré un lugar de armonía y seguridad para mis hijos y mis perros; allí, manos criminales, que ordenaron, prepararon y ejecutaron, le ofrecieron, o arrojaron indiscriminadamente, el mortal cebo que nos arrebató un ser muy querido, tras un paseo más al lugar que visitó y disfrutó, casi diariamente, por cinco años. Para nosotros, ni el Barrio ni sus guardias serán ya los mismos; siempre tendré la duda si es que aquel que me abrió la barrera, como todas las noches, o aquellos que en grupo conversaban cerca de mi auto ignoraban, o supieron y callaron, lo que habría de suceder.

Varias otras penas nos quedan en el alma: el sentimiento de que pudimos hacer más y la impresión que su gentil veterinario no estaba preparado para esa emergencia…; en fin, el tiempo las atenuará y cada cual obtendrá experiencia del dolor propio o del ajeno.

La Negrita descansa en su patio, junto a otros animalitos que nos han acompañado en nuestras vidas y, aunque pudiera pensarse que tras la última paletada nadie dijo nada, ello no fue así, pues mi hijo leyó algunas palabras que la tristeza le inspiró; “…y sea adónde sea que van las perritas cuando mueren, Negrita, te deseamos que seas feliz, como tú nos hiciste a nosotros”.

Afortunadamente, varias alegrías nos quedan también en el alma: mi hija menor recogió a su Toulouse de la calle, en peor estado que aquellos perros que se intentó eliminar, y le dimos una vida feliz, cosa ella nos retribuyó con creces. Fue una gran suerte, para nosotros, haber contado con su tierna compañía por casi cinco años y no la olvidaremos.

El dolor de todos nosotros, el pesar de otros que la conocieron y, sobre todo, las lágrimas de Claudia, merecen, del Administrador del Barrio, algo más que una disculpa, jamás explicaciones ni justificaciones. Del Rector, no sólo nosotros esperamos el compromiso que nunca más se usará, allí, inhumanos métodos de solucionar el problema de los perritos abandonados que en el Campus buscan refugio; sólo así se podrá evitar el que otra familia vea morir a su Negrita, como no debe ser.
Osvaldo González Rojas.

Sea, pues, todo lo escrito, un homenaje a tan extraordinario animal.

En el Diablo no creo

EN EL DIABLO NO CREO


En esto de escribir, lo que me parece más difícil, después de tener la idea sobre la que versará el tema a desarrollar, es comenzar; en este caso se me ocurrió, sin mucho entusiasmo, hacerlo como sigue:

“Alma se vende, muy barata…”, rezaba ese extraño aviso. De verdad que el ofrecimiento me sorprendió, no sólo porque, hasta donde yo sé, el único interesado en comprar tales intangibles es el Diablo, sino también por lo de “muy barata”, que era lo más llamativo; se veía claro que el oferente la estimaba poco, lo cual me hizo pensar que podría tratarse de una ganga tal, que bien pudiese no valer la pena, ni siquiera para Él .

Debo aclarar que yo no creo en el Diablo aunque sí en que hay quienes son capaces de venderle el alma.

En vez de limitarme simplemente a creer, prefiero intentar conocer, a través del uso de mi razón, lo que es el Bien; de esa forma podré identificar el Mal y también sabré como debería ser el correcto proceder, en toda situación que se me presente.

Se supone que todos tenemos un alma, aunque nadie sepa lo que ella es; yo prefiero llamarla conciencia y para mi es una especie de medida del conocimiento que cada cual tiene del Bien y del Mal; siento, también, que es una suerte de sabernos únicos y sin embargo, partes de algo superior, de sabernos responsables de lo que hacemos y de las consecuencias que ello tiene sobre todo lo demás.

Aquellos que no saben lo que es el Bien, no saben tampoco lo que es el Mal. Quienes no saben lo que es el Bien, no pueden tener conciencia. Para ellos pidió perdón Jesús “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”...
Se vende una parte del alma cuando se traiciona a la conciencia, cosa que ocurre en cada ocasión en la cual, a sabiendas de que algo no está bien, se lo hace.

Se nace con un alma pero se la debe desarrollar y cuidar, formar y perfeccionar, a lo largo de toda la vida; la tarea es ardua y exige no sólo de esfuerzo y sacrificio para asimilar, copiar y analizar los actos de aquellos modelos que demostraron tenerla grande, bella y sabia, sino que también se requiere de una considerable preocupación para enriquecer lo recibido y transmitirlo a los demás. Quien tiene éxito en esa tarea, se aproxima al conocimiento del Bien, que es el mejor referente para medir todo lo que hacemos.

El conocimiento del Bien implica la identificación y apego a ciertas verdades de referencia, nada de relativas, que sirven como faros de orientación en todo actuar. Quien no ha logrado incorporar racionalmente esas guías a su conciencia, es como un barco al garete: va siempre en la dirección del viento que sopla más fuerte.

El que es capaz de vender barata su alma no tuvo, quizás, la suerte de poseer la inteligencia, la fortaleza y la dedicación que exige el sacrificio de construirla con belleza; o quizás tampoco contó con la ayuda necesaria para lograrlo; como haya sido, siento tristeza por él y, aunque quisiera pensar que la mía no tiene precio, debo ser humilde y reconocer que otros, que la tuvieron mucho mayor y bien formada, se vieron obligados a venderla cuando las cosas se les pusieron difíciles. Quiera Dios, en quien tampoco creo, que ello no ocurra jamás con la mía.

En esto de escribir, después de comenzar, no importa si ha sido con mucho o poco entusiasmo, lo segundo más difícil es sentir cuando es bueno terminar y creo que ha llegado el momento...




Osvaldo González Rojas

Saturday, September 24, 2005

Evolución: La aventura de la materia

EVOLUCIÓN (O LA AVENTURA DE LA MATERIA)



La evolución

Usualmente, el término evolución ha sido asociado con el proceso que da origen al conjunto de modificaciones que sufren, con el transcurso del tiempo, los organismos vivos; en este escrito, sin embargo, la evolución será entendida como aquel proceso de cambios que experimenta la materia en general y cuyo resultado es la aparición continua de estructuras materiales nuevas, más y más complejas, capaces de realizar, con mayor eficiencia, el siguiente conjunto universal de funciones: buscar, adquirir, memorizar, procesar y diseminar información. De acuerdo con lo anterior, entonces, la evolución biológica no es sino que una faceta de la evolución general de la materia.


Del pasado al presente

Para comprender adecuadamente la aventura de la materia en el tiempo, comenzaremos con un viaje al más lejano pasado, a ese momento en el cual los astrofísicos aseguran que se inició el tiempo y también este universo que nos acoge y llena de admiración; viajemos, entonces, a unos 15.000 millones de años atrás cuando, en una especie de gigantesca explosión, se habría creado la materia, la energía, el espacio y el tiempo, a expensas de fuese lo que fuese que conformaba el pre-universo. En ese instante, junto con el espacio en expansión y el tiempo, nació también el proceso de evolución de la materia, definido aquí como la generación secuencial de estructuras materiales nuevas, cada vez más complejas y heterogéneas, y que continúa hoy, con una velocidad infinitamente mayor que en ese entonces. En esa reorganización del espacio-tiempo primero aparecieron, o más bien, fueron creadas, se podría decir, las partículas más elementales que se ha conseguido producir en nuestros laboratorios: los quarks, los electrones y los neutrinos. Fracciones de segundo después, los quarks se combinaron para dar origen a los protones y neutrones, los cuales, transcurridos ya unos 100 segundos desde aquel espectacular evento, que sólo Dios podría haber contemplado, conformaron a su vez los núcleos de los átomos más simples: los de hidrógeno pesado (deuterio) los de helio y una ínfima cantidad de átomos de litio y de berilio. Unas pocas horas después del big-bang, como se ha llamado a ese acto de creación, se detuvo la producción de helio y de otros elementos y, a partir de ese momento, la creación se tomó un respiro, pues, luego de él, se alargaron considerablemente los tiempos que la evolución requirió para proseguir con su tarea; así, en consecuencia, durante el primer millón de años el universo continuó simplemente expandiéndose y enfriándose, lo que gradualmente permitió la formación de las primeras estructuras atómicas más simples: los átomos de Hidrógeno. La constitución de nuevos núcleos de Helio y de otros átomos más grandes, debió esperar hasta que la reunión de los átomos primordiales de hidrógeno encendiese las estrellas para que, en esos celestiales hornos, se cocinase, además del Helio, otros pocos elementos, tales como el Oxígeno y el Carbono. El resto de los 92 átomos de elementos estables que conocemos, tuvo que aguardar a que se produjese la muerte de las primeras estrellas, de nuevo en formidables explosiones, para ser creados y dispersados en el espacio, a la espera de que la gravedad y la fuerza electromagnética los volviese a reunir para continuar con el proceso de complicar las estructuras, para continuar con el proceso de evolución que, algún día, hace unos 3.800 millones de años, dio origen a los primeros organismos vivos sobre la Tierra, surgidos en el cálido caldo de los mares primitivos; allí, las ya muy complejas moléculas de la vida, protegidas por la barrera selectiva de la pared celular, prosiguieron con su organización continua, complicando cada vez más los sistemas por ellos constituidos, hasta llegar al ser humano, la estructura que se mantiene, aún, como cúspide de la evolución “natural” de la materia.

Desde que la evolución natural alcanzó el importante hito conseguido con el homo sapiens-sapiens, claro está que ella continúa, a su cansino paso, en la mayor parte del universo, pero lo acelera espectacularmente en el cerebro del Hombre. Es allí, en la parte más compleja de la más compleja estructura material sobre la Tierra, donde la evolución natural ocurre más rápido; es allí donde se genera, día a día, hora a hora (y si usted quiere agrega los minutos y segundos) la mayor cantidad de estructuras materiales nuevas, más y más complejas, que representan a las ideas, a los proyectos y a los sueños de éste ser, los cuales, por virtud de otra de las funciones obligadas que la naturaleza le asignó, buscan ser transformadas en obras, en estructuras materiales externas a él. De este modo, la idea, que comienza como una estructura neuronal en el cerebro, busca reproducirse en su exterior, terminando en una estructura material que la representa (un nuevo modelo de auto, una pintura, un escrito como éste y cualquier cosa que existe como obra del Hombre). Es muy importante no olvidar que todo lo construido artificialmente ha tenido su origen en una estructura química que apareció primero, en algún momento, en el cerebro de algún ser humano. Así pues, desde que la naturaleza “dio” con este ser, dio con quien habría de liderar la evolución de la materia y también con quien le otorgaría conciencia al proceso. Hoy, y desde hace milenios ya, es evidente que no es la naturaleza inconsciente, sino que la mente de los seres humanos, la que controla la velocidad y el sentido de la evolución de la materia sobre la Tierra; pareciera que ello se hubiese logrado por ensayo y error, como hasta la aparición del Hombre hizo y sigue haciendo la evolución natural pero, desde entonces, es indudable que es el Hombre, que es parte y obra de la naturaleza y no algo separado de ella, quien, casi sin darse cuenta, asumió el liderazgo y privilegio de conducir el proceso de evolución de la materia, pero también la carga de angustias y remordimientos que le impuso la adquisición de conciencia. Nunca más, después de la aparición del ser humano, podría la naturaleza, ser humano incluido, hacer algo sin que el juicio del mismo ser humano estuviese de por medio; nunca más podría hacer nada, hombre o mujer alguna, sin que en ello se interpusiese el juicio de su propia conciencia o la de otros. ¡Sí!, debemos reconocer que somos la conciencia de la materia en el Universo que nos es conocido y que eso es una angustiosa y gran responsabilidad.

El examen, tanto de la forma en la cual se generan, depuran y concretan las ideas, como de aquellas condiciones en las cuales sobreviven las realizaciones a las que éstas dan lugar, pasando a integrarse a otras ideas y obras, permite visualizar, en forma más precisa, los mecanismos que, en forma semejante, participan en el caso de la evolución biológica. De la misma manera, analizando la forma en la que se produce la evolución biológica y material, poniendo especial atención en la operación del mecanismo de selección natural, se puede comprender, más fácilmente, no sólo el comportamiento de los seres humanos en particular, sino que también el de los sistemas por ellos creados. Será este aspecto el que se explorará en las páginas finales de este escrito.

Continuemos, para avanzar, con un breve resumen de lo esencial, en referencia a la evolución de la materia, incluida la de tipo biológico.


Las fases de la evolución de la materia

El estudio del camino recorrido y el examen de la realidad, a la luz de nuestra experiencia, nos conduce a deducir que son dos las fases principales involucradas en el proceso de evolución de la materia: la primera, consistente en una fase de síntesis de estructuras nuevas y de asociación de estructuras ya existentes, la cual tiene como consecuencia no sólo un incremento de la complejidad de las estructuras resultantes, sino que también de incrementos en la eficiencia con la cual pueden realizar sus funciones básicas y en sus estabilidades internas frente a los cambios que pueda experimentar su entorno. La segunda fase, denominada “de selección natural”, consiste en un proceso de depuración de las estructuras creadas en la primera y en el cual, a través de la competencia entre ellas y en función de las particulares características de su medio ambiente, se establece, naturalmente, cuales tienen la capacidad de sobrevivir lo suficiente como para integrarse con éxito a otras estructuras o para permanecer, formando parte del medio, en una forma estable dada, hasta que se den las condiciones para que ella participe, de manera más activa, en fase de síntesis y asociatividad complementaria.

La fase de síntesis y de asociatividad complementaria: esta es la responsable del incremento de la complejidad de las estructuras materiales, biológicas o no, que se produce a medida que transcurre el tiempo. Tal incremento de complejidad tiene como consecuencia un incremento de la estabilidad del conjunto y de la eficiencia para realizar sus funciones. De este modo, es posible argumentar que el incremento de complejidad de las estructuras materiales, caracterizadora del proceso de evolución, es una consecuencia de la necesidad de buscar, por parte de ellas, una mayor estabilidad para el medio ambiente interno, lo cual se consigue por asociación “simpática”, o de afinidad, entre estructuras materiales diferentes. Consecuentemente, tal como una idea lleva a otra, así también van creciendo y complicándose, coherentemente, los organismos materiales. El primer nivel de la escala de complejidad se produce con la asociación de estructuras o de individuos del mismo tipo, es decir, de características similares, aunque no idénticas (ejemplos básicos serían la asociación de átomos de gases (H2; O2) o de insectos, tales como hormigas, abejas o termitas) y luego vienen los demás niveles, en los que participan combinaciones de átomos o individuos diferentes pero complementarios, para constituir diversos sistemas de complejidad creciente (ejemplos básicos pudieran ser las moléculas AgCl, H2O o conjuntos conformados por machos y hembras, organismos vivos simbióticos u otros sistemas sociales o moleculares inertes y biológicos).

Sin duda que las estructuras materiales más complejas producidas por la evolución de la materia son, aún, los organismos biológicos. Aunque dilucidar el origen de la vida no forma parte de este artículo, hay que tener presente que ésta fue posibilitada por la existencia, en nuestro planeta, de las condiciones que permitieron su aparición y desarrollo y, particularmente, por la existencia, en su entorno, de un macro medio ambiente caracterizado, en el largo plazo, por parámetros térmicos, químicos y radiantes bastante moderados y estables.
Mirando a nuestro mundo y al ambiente que en él se ha establecido, como un sistema en relación y equilibrio con el resto del universo, especialmente con el sol y la luna, se constata que éste se comporta como lo que aquí denomino “sistema selectivamente abierto”, es decir uno que está en intercambio informático permanente con el exterior pero que sólo acepta las señales provenientes de afuera tras un procesamiento previo; tal característica ha sido posible gracias a las particularidades tan especiales de la atmósfera que envuelve a nuestro planeta y del campo magnético que éste posee, los cuales realizan una función similar a la que, en una célula, cumple la pared celular, es decir, la de un escudo permeable sólo a cierto tipo de señales portadoras de información. Es ésta particularidad del sistema Tierra, adicionada al efecto estabilizador de la luna, los que establecen aquellos factores que permitieron la existencia de una especie de medioambiente-paraguas, bajo cuya protección aparecieron diversos y numerosísimos otros, de distintos tamaños y lo razonablemente estables como para permitir el nacimiento de la vida y su progreso, proceso que fue denominado “evolución biológica”, el cual constituye sólo una faceta, como ya se dijo, de la evolución de la materia en general.

Con el florecimiento de la vida se multiplicó, casi hasta el infinito, la cantidad y variedad de micro medioambientes de estabilidad creciente, desde las simples células hasta los organismos más complejos, es decir de aquellos conformados por la asociación, en intercambio informático selectivo pero estrecho y fluido, de múltiples micro medioambientes, todos los cuales parecen haber “imitado y perfeccionado” características similares al macromedio ofrecido por la Tierra pues “aprendieron”, por supuesto bajo las normas de la selección natural, a proteger la evolución de sus partes esenciales, rodeándolas de ambientes estables pero en interacción selectiva con su entorno inmediato.

De hecho, la asociación de micro medioambientes estables semejantes (células o regiones, por ejemplo) confiere, al conjunto, un mejor aislamiento frente a las perturbaciones infligidas por el entorno (¿ha visto cómo se agrupan los animales expuestos al frío?). Con toda seguridad, es en la búsqueda de la estabilidad del medio inmediato donde yace una de las fuerzas que impulsan la formación de todo tipo de comunidades materiales, desde aquellas puramente químicas, hasta las humano-sociales, pasando, por supuesto, por las biológicas. Aquí puede estar, también, la clave para explicar el incremento de complejidad que se constata, como resultado de la evolución.
Ciertamente que ha sido la existencia y generación de medio ambientes diversos lo que ha permitido la variedad biológica que conocemos sobre la Tierra pero ha sido la estabilidad alcanzada por muchos de ellos la que ha permitido la extrema especialización que caracteriza a los componentes que los integran. Es probable que usted no lo haya mirado así pero su propio cuerpo es un medio ambiente extraordinariamente estable (piense solamente en la temperatura y en las constantes bioquímicas…) en el cual viven y realizan sus complejas y especializadísimas funciones todas las células y órganos que lo constituyen, autónomamente pero en comunicación permanente y jerárquica, organizadas tras un propósito común (no por casualidad ocurre así, no olvide que cada una de las células del organismo, con excepción de las transportistas, las defensoras y las sexuales, contienen la misma y toda la información genética que rige al organismo completo).

Por otra parte, es curioso que la solución encontrada por las estructuras biológicas para crear y mantener sus medio ambientes internos lo más estable posible, haya sido similar a aquella que se dio en el planeta que las cobijaría, es decir, rodearse con un tipo de escudo selectivo, permeable solamente a cierto tipo de señales y detrás del cual pudiesen fluir, sin interferencias y fácilmente, diversos tipos de señales capaces de transportar información entre sus partes, cuestión fundamental para mantener la coherencia del conjunto. Estas propiedades fueron esenciales para posibilitar la especialización de los integrantes del sistema y para permitir la constitución de los complejos organismos vivos que conocemos. No es raro, pues, que los seres humanos también empleen la misma opción para organizarse en la búsqueda de un medio ambiente estable; de allí que la estabilidad haya ido de la mano con la formación y evolución de las sociedades humanas, desde la familia, las tribus y las ciudades, hasta los países y más allá. Observe usted que las actividades realizadas por las personas que integran cualquier comunidad pueden ser tan variadas como ellas mismas pero que todas están regidas por leyes, escritas o no, que las ponen al servicio de un sistema, el cual, a su vez, está al servicio de ellas pero también al servicio de un sistema mayor, tal y como todas las células de su propio cuerpo están al servicio de él, pero también viven en y de él, trabajando para que el cuerpo como un todo cumpla bien con las funciones necesarias para la correcta operación de él y de otros sistemas relacionados.
Finalmente, resalto que, en la fase de síntesis y de asociación, cuyas características acabo de exponer, el azar juega un papel destacado pues muchas de las nuevas estructuras y modificaciones de las ya existentes le deben su aparición a él.

La fase depurativa: “selección natural” denominó Charles Darwin, en los años finales de la década de 1830, al mecanismo de acuerdo con el cual y según su deducción, se produce el proceso de evolución de los seres vivos en la naturaleza. En su postulado y con sus propias palabras, dice:

Si de cada especie nacen más individuos de los que son capaces probablemente de sobrevivir y sí, en consecuencia, existe una frecuente y recurrente lucha por la existencia, entonces debe ocurrir que cualquier ser vivo que cambie, aunque sea imperceptiblemente, de forma que obtenga un beneficio para sí mismo, bajo las complejas y a veces variables condiciones de vida, éste tendrá mayor probabilidad de sobrevivir y, por lo tanto, será naturalmente seleccionado. Basándose en el poderoso principio de la herencia, toda variante seleccionada tenderá a propagar su forma nueva y modificada.

Observe que Darwin señaló algo fundamental, seguramente advertido a lo largo del extenso viaje de investigación que realizó a bordo de la fragata H.M.S. Beagle: el hecho que siempre existe un muy elevado número de variaciones en las características y capacidades que poseen los integrantes de una misma especie, aún cuando habiten un medio ambiente particular. Argumentó también que, debido a la elevada dispersión mencionada, algunos individuos del conjunto presentan ciertas características que les otorgan ventajas comparativas con respecto a los demás y que favorecen su reproducción y supervivencia en el medio específico en el que se encuentran. A consecuencias de aquello, con el transcurso del tiempo y las sucesivas generaciones, se produce un incremento de la frecuencia con la cual se presentan dichas variantes ventajosas, las cuales, estando asociadas a características físicas particulares, se traducen en cambios morfológicos que, de ser significativos, podrían configurar una nueva especie. Ciertamente ocurre, en un medio estable dado, que el sistema ecológico siempre alcanza un punto de equilibrio en el cual los cambios en el número y características de los integrantes de las diversas especies involucradas se estabiliza. Sin embargo, como los medios permanentemente estables son raros o no existen, las constantes perturbaciones que los afectan mantienen a las especies que los integran en un permanente cambio, con una velocidad fluctuante en función de la velocidad y frecuencia de las alteraciones experimentadas por su medio; es lógico también, entonces, que frente a perturbaciones muy profundas haya ciertas especies que no pudiendo adaptarse, ya sea por falta de tiempo o por falta de capacidades, desaparezcan, mientras que otras florecen.

Dicho de otra forma pero siempre de acuerdo con la idea de Darwin, las características de un medio ambiente conducen a los integrantes de una especie hacia la optimización de su adaptación a ellas, cuestión que se traduce en un incremento de su especialización y de la eficiencia con la cual realizan sus funciones; como estos factores son logrados a través de modificaciones físicas de los organismos, ello puede justificar la necesidad de clasificarlos como miembros de una nueva especie. Este proceso, que recibió el nombre de evolución, es casi continuo, como consecuencia de las periódicas y aleatorias perturbaciones y cambios que se producen en el medio, implicando la aparición de nuevas especies, la estabilización de unas pocas y la desaparición de otras.

Esas ideas fueron presentadas en el libro “Sobre el origen de las especies”, en 1858, unos veinte años después de haber sido descritas en sus cuadernos de notas y constituyen, desde entonces, el meollo de la llamada Teoría de la Evolución Biológica, científicamente comprobada y aceptada como correcta hasta ahora, aunque en ella no se advierte ni explica satisfactoriamente el evidente aumento de la complejidad de los organismos, a medida que transcurre el tiempo.

Los efectos de la selección natural son claramente observables en sistemas aislados y con un medio ambiente estable; tal como los que se dan en algunas islas, entre las cuales son destacables Madagascar y las Galápagos; de hecho, tal parece que la visita que Darwin realizó a estas últimas, muy representativas de ese tipo de medioambientes, fue fundamental para clarificar su entendimiento acerca de uno de los mecanismos bajo los cuales opera la evolución. Sin embargo, para lograr una comprensión más global del proceso, se debe tener presente, además, que si bien los medio ambientes naturales (incluidos en ellos los seres vivos) tienen la tendencia a encontrar equilibrios que les confieren gran estabilidad en el mediano y largo plazo, están siempre expuestos a más o menos bruscas y aleatorias perturbaciones de distinto origen y tipo, desde una invasión territorial por parte de organismos extraños hasta aquellas provocadas por fenómenos naturales, tales como erupciones volcánicas, incendios, cambios climáticos repentinos, caída de meteoritos o de cometas, mutación y diseminación de alguna bacteria o virus, entre muchas otras. Es en esas ocasiones cuando se pone a prueba la eficiencia de los mecanismos de protección y autorregulación del medio y también las capacidades de adaptación de los individuos involucrados frente a las nuevas condiciones que pudieran serles impuestas; queda en evidencia, entonces, la fragilidad de aquellas formas de vida demasiado especializadas en algunas particularidades de un medio ambiente determinado. Se ha constatado, en general, que la extrema especialización y la pequeña variedad en las características de una especie, o de un organismo, limitan su capacidad de respuesta frente a eventos que impliquen cambios significativos del entorno, por lo cual esos factores son la principal causa de la extinción de especies y también de la muerte de cualquier individuo, enfrentados a esas condiciones. Es claro, también, que existen circunstancias catastróficas fortuitas, en las cuales la magnitud de la perturbación supera todas las capacidades de adaptación posibles y que, por lo tanto, se constituyen en la causa de muchos de los quiebres e interrupciones que exhiben algunas de las líneas evolutivas. Así pues, muchas veces ha sido el azar y no el resultado de los cambios graduales, el que ha determinado cuales serían los individuos elegidos para continuar, de ahí en adelante y en una nueva pista, la carrera que se ha llamado evolución.

En todo caso, en el largo plazo, es conveniente repetirlo, el resultado de la evolución biológica ha sido caracterizado, más que por la consolidación de especies muy adaptadas a cierto tipo de medios, por el surgimiento continuo de organismos nuevos, más y más complejos y con una mayor capacidad de adaptación a cualquier medio ambiente y a sus cambios. Este proceso alcanzó una cúspide con el homo sapiens-sapiens-informático pues en él las capacidades de adaptación dependen cada vez menos de sus características corporales y cada vez más de aquellas cerebrales, las cuales permiten no solamente que, con el mismo tipo básico de cuerpo, pueda realizar casi cualquier función, sino que, además, sea capaz de generar, rápidamente, los accesorios y complementos externos que le permiten desarrollar mucho mejor sus variadas tareas y rodearse de un medio ambiente confortable y muy estable. En otras palabras, con la aparición del ser humano actual, el resultado de la evolución de la materia, que en la biología requería de varias generaciones para hacerse evidente, se manifiesta ahora en el cerebro de cada individuo y dentro de su período de vida, transmitiéndose la información ya no exclusivamente por vía de la genética, sino que a través de variados intercambios entre ellos (una de cuyas formas organizadas recibe el nombre de proceso de enseñanza-aprendizaje o educación) y también mediante el intercambio de conocimientos almacenados en objetos y máquinas creadas por ellos mismos.

Resumiendo, el mecanismo denominado “selección natural” pone en evidencia el hecho estadístico que aquellos seres vivos que poseen capacidades y características que implican una mejor adaptabilidad a las condiciones que les impone el medio ambiente que les rodea, tienen también mayores probabilidades de influenciar el medio y de vivir el tiempo suficiente en él, como para transmitir dichas características a sus descendientes y, especialmente, en el caso de los humanos, también a sus semejantes. La selección propiamente tal ocurre a través de la competencia y la complementación entre cada ser vivo y el medio ambiente que le rodea, con un resultado que está determinado por la eficiencia con la cual él es capaz de realizar las siguientes funciones:

Buscar, adquirir, memorizar y procesar la información proveniente del medio para:

· Identificar, con el objetivo de protegerse o defenderse, los factores potencialmente desestabilizadores de su medioambiente (o peligros presentes en él). Este proceso se lleva a cabo ya sea directamente, detectando el daño sufrido por los componentes de la estructura (p.ej, a través del dolor o de las substancias químicas liberadas por las células destruidas) o indirectamente, a través de la información memorizada sobre episodios semejantes anteriores (aprendizaje).
· Facilitar el acceso a la energía y a las substancias nutritivas (un tipo de información) necesarias para la subsistencia y la evolución de la estructura.
· Identificar a los posibles organismos afines, capaces de ayudar en las tareas anteriores.

(El proceso de aprendizaje está subyacente en todos los puntos anteriores).


Diseminar información, genética y de otros tipos, con el objetivo de:

· Asegurar la descendencia y la difusión de información a otros puntos del espacio-tiempo, para que prosiga el proceso de evolución.
· Ayudar a otros miembros de la misma especie y de aquellas otras afines y capaces de integrarse en un sistema para facilitar la supervivencia y progreso común, mediante el incremento del grado de adaptación a los cambios que el medio pudiese experimentar (acá aparece el concepto de solidaridad y el proceso de enseñanza).
· Protegerse del ataque de posibles enemigos, a través de advertencias de represalias.


Ocultar información al medio para:

· Protegerse.
· Incrementar las ventajas propias con respecto a la competencia.

En la naturaleza, la selección se produce como consecuencia de una despiadada (o más precisamente, inconsciente, pero obstinada...) lucha por el alimento, por la supervivencia, por el territorio y por la reproducción, en la cual hay muy limitadas evidencias y casi exclusivamente intra-especies, de manifestaciones de piedad y de solidaridad, tal como nosotros las entendemos. La Ley de la Selva, según la cual el más grande, fuerte y sano se come al más chico, débil y enfermo, describe muy bien la forma en la que los medio ambientes naturales buscan sus equilibrios y conducen la evolución de los seres vivos. Allí, todas las maniobras, tácticas y estratégicas, destinadas a engañar, disimular, emboscar y matar, son permitidas y la eficiencia en ellas es premiada con la supervivencia y la trascendencia, tanto de los individuos como de los sistemas por ellos constituidos.


Los mecanismos de la evolución y el ser humano

Es indudable que hace sólo algunas decenas de miles años, cuando el Hombre de Cromagnon ya se diseminaba por el mundo antiguo, la selección natural operaba con él y él con ella, tal como ocurría con cualquier otro ser vivo del planeta, y así continuó sucediendo hasta que el Homo Sapiens-Sapiens se impuso sobre todas las demás especies, excluyendo a las bacterias, virus, hongos, levaduras y algunos insectos que aún ejercen, con un éxito limitado, su opción de actuar como invasores o atacantes del organismo humano. A partir de entonces y mayormente a medida que el número de seres humanos se incrementaba, la selección natural intra-especie pasó a intervenir seriamente en la evolución de ella misma. Examinemos, a continuación, algunas de las formas mediante las cuales ese proceso tiene lugar, incluso hoy, aunque no necesariamente llegue a la eliminación física de individuos:

* Competencias de todo tipo: por el alimento, por el territorio, por la reproducción, por razones comerciales y étnicas, por la energía y la información, por la educación, por el poder (que establece la jerarquía dentro de los sistemas y que permite controlar el medio ambiente individual a voluntad); por imponer creencias religiosas, políticas y de otras naturalezas. Son las competencias las que dan origen a las divisiones y conflictos, incluidas las guerras.

* Alianzas varias (inter-personales, comunitarias y nacionales) destinadas a generar ventajas asociadas a las competencias descritas en el punto anterior.

* Consecuencias de los procesos ya descritos:. dominación, esclavismo, tráfico de influencias, engaño, espionaje, perfidia, hipocresía y otras lacras.

Hasta hace solamente unos cien años, estas prácticas, unidas a la incapacidad del ser humano para combatir seriamente las enfermedades y a la inexistencia de las normas que ahora regulan mucho mejor la convivencia, las relaciones laborales y la solidaridad en las comunidades humanas, hacían que la selección natural biológica operase, intra especie, casi tan libremente como en la naturaleza misma. Desde entonces, gradual pero aceleradamente, la ciencia, la medicina, la tecnología y la Ley han fuertemente alterado las consecuencias de la selección natural en el plano biológico, desplazándola, marcadamente, hacia aspectos sociales, intelectuales, económicos e informacionales. Demasiado largo sería realizar un análisis de cómo ella interviene en todos estos aspectos y, por lo tanto, le sugiero a usted, estimado lector, la tarea de reflexionar sobre ese tema; yo, para no extender en demasía este escrito, me limitaré a señalar que, en el mundo desarrollado de hoy, es mayormente el respeto a las leyes escrita, moral y ética, quien protege al ser humano de experimentar todos los rigores a los cuales estaría expuesto si fuese librado a los designios de la naturaleza, aún en medio de la ciencia y la tecnología más avanzadas. Observe, en apoyo de esta tesis, que cada vez que un conflicto mayor ocurre, tal como una revolución, un golpe de estado o una guerra, se activan los mecanismos de la selección, estilo natura, liberándose con trágicas consecuencias, a pesar de las tímidas leyes internacionales que intentan regularlos. En condiciones normales, es decir en aquellas existentes en las sociedades funcionando bajo pleno imperio de la ley, los mecanismos mencionados afloran nítidamente, casi contando con la tácita aceptación de la comunidad, en los períodos previos a la resolución de todo tipo de competencias, especialmente aquellas por el poder político o administrativo, por la preeminencia económica y también por las metas llamadas deportivas; entonces, en esos disimulados y sustitutivos juegos de guerra y bajo el impulso primario de las emociones y de las pasiones, todo parece valer, desde las zancadillas a la traición, desde la hipocresía hasta la perfidia y mucho más. ¡Sí!, la selección natural continúa siendo un factor preponderante en la evolución de los sistemas sociales, cuestión que no debemos olvidar a la hora de decidir sobre nuestras propias acciones y las de los demás.

Algunos sistemas de origen humano, con bases fundadas en los mismos mecanismos que permiten la evolución biológica y material, son los industriales modernos y el económico de libre mercado, cuyos éxitos para dar curso a una rápida evolución se deben, muy probablemente, a la semejanza que tienen con los sistemas naturales. Por otra parte, en ellos, al igual que en estos últimos, la distracción, la misericordia y la falta de información y conocimientos, se pagan, fácilmente, con la extinción.

Curiosamente, la aparición del ser humano, junto con provocar una transferencia del liderazgo de la evolución de la materia, hacia su cerebro y manos, implicó también la aparición de la conciencia en el universo conocido y, como resultado de su ejercicio, el surgimiento de una posición muy crítica acerca de los mecanismos mediante los cuales opera la selección natural, una de las bases de la evolución hasta entonces. Esta posición crítica de rechazo se ha expresado, desde hace milenios, a través de sistemas filosóficos, religiosos y políticos que han buscado moderar las prácticas acordes con la vía natural, sea cuando ellas son ejercidas sobre miembros de la especie humana como cuando lo son sobre otros integrantes del sistema Tierra, aún cuando ello signifique un freno a la velocidad con la cual tiene lugar la evolución y el incremento del peligro que grupos o sociedades completas, no adherentes a esos predicamentos, adquieran preeminencia sobre los demás. En la actualidad, el juego de fuerzas opuestas, representadas por la política económica neoliberal por un lado y por el otro, por las concepciones religiosas mayoritarias, las concepciones políticas socialistas y las filosofías conservacionistas y ecológicas, es un conjunto que no está en equilibrio, pues el sistema completo continúa siendo regido, preponderantemente, bajo las pautas de la selección natural. Las consecuencias aparejadas sobre la mayoría de los seres humanos debieran ser negativas pues los problemas generados por la rápida evolución de otras estructuras materiales y por la acelerada modificación del medio ambiente, los dejarán no solamente obsoletos en sus capacidades funcionales, sino que también harán caer en crisis a sus propias habilidades de adaptación y a las de los sistemas sociales por él creados.

Sin embargo, aún cuando la visión anterior parezca pesimista, pensando en el ser humano, casi con toda seguridad no lo será para el sistema universo pues la materia continuará con su aventura en él, siempre generando estructuras nuevas, más y más complejas, con mejores capacidades para realizar las funciones generales de todas ellas: la búsqueda, adquisición, procesamiento, memorización y diseminación de información, con el propósito de generar conocimiento. La pregunta clave es: ¿para qué?, ¿qué pretenden las fuerzas del universo a través de la evolución de la materia y la adquisición de conocimiento?.

Las interrogantes están abiertas y las respuestas pendientes; a todos nos corresponde la tarea de pensar en ellas, si queremos ser dignos del legado que se nos otorgó al nacer: la capacidad de desarrollar la conciencia.










APÉNDICE

Note que admitir el proceso de evolución biológica, en cualquiera de sus formas, implica aceptar también el hecho que, entonces, todas las posibles características, adaptaciones y soluciones a las necesidades pasadas, presentes y futuras, ya deberían haber estado latentes en el o en los organismos vivos primigenios. Además, por otra parte y considerando que la evolución biológica no es sino que una faceta de la evolución de la materia, lo anterior nos lleva directo a pensar que todas las características, formas y propósitos de todas las estructuras materiales, ya sean químicas, físicas, biológicas, naturales y artificiales, también deberían haber estado y estar actualmente latentes hasta en la más elemental de todas las partículas (y, de hecho, también en todas y cada una de las demás estructuras hoy existentes).
Según lo anterior se requeriría, entonces, solamente de tiempo, energía y adecuadas condiciones, para dar curso a la evolución de la materia, la cual opera, siempre, en el sentido de incrementar la eficiencia en la realización de las funciones generales que son comunes a toda estructura material, lo cual se consigue a través de un incremento de la complejidad de ellas. El resultado del proceso queda condicionado por las condiciones ambientales particulares del entorno en el cual tiene lugar; aquí en la Tierra resultó como es sólo a causa de las particulares y variables características ambientales que ha habido en ella a lo largo del tiempo; si las condiciones imperantes hubiesen sido otras, como pudiera ocurrir en otro lugar del universo, el resultado, siempre existente, habría sido diferente.
Es posible, también, que tanto las creencias populares en torno a la evolución, las cuales suponen que ella opera exclusivamente creando los órganos en función de las necesidades de los seres, como el mecanismo descrito científicamente por Darwin, correspondan a partes de la verdad total, verdad que debiera evidenciar, también, el mecanismo a través del cual se genera la mayor complejidad de las estructuras y se crea los órganos que permiten satisfacer las necesidades de realizar la búsqueda, la adquisición, el procesamiento, el almacenaje y la diseminación de información, que son las funciones universalmente efectuadas por todas las estructuras materiales existentes.
Las consecuencias de la evolución están claras y parte del proceso mediante el cual ocurre, también; sólo hay que concordar en la explicación e importancia de aquel causante del incremento de la complejidad de los organismos y estructuras.

Osvaldo González Rojas
osvaldodechile@hotmail.com